Eres, España, eres Taina, eres Ochun, y Yemaya. Eres café, cana de azúcar y ron. Eres mi Habana. La que siempre espera.


    Adiós, Pelusa.

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    Adiós, Pelusa.

    Mensaje  Quinqué el Dom Jul 04, 2010 8:39 pm

    Otra vez imploró a los dioses pero esta vez el tullido Hefestos, respondió a sus plegarias como pudo. Muy lejos de lo que se vivió en el estadio Azteca de ciudad de México, aquel 22 de junio de 1986 cuando un árbitro turco validó la mayor estafa de la historia futbolística, la pasada noche en Sudáfrica la pasional albiceleste sufrió el acoso y derribo, de una verdadera escuadra de Panzers alemanes. El protagonista de lo que él mismo calificó años más tarde que había sido como robarle la billetera a los ingleses, estaba este mundial en el banquillo argentino, pero como seleccionador con su ya clásica irreverencia. Jamás un país eligió alguien tan inpresentable al frente de su escuadra y si algo ha hecho Diego Armando Maradona, es granjearse enemigos a diestra y siniestra. Nunca el once de los gauchos ha tenido tantos desafectos en la propia Sudamérica y gran parte de ello se lo debe a su entrenador.
    El deporte representa lo mejor de las tradiciones helenas, el culto al cuerpo, la destreza individual y colectiva, el esfuerzo máximo en pos de la victoria de su región, pero también el respeto al contrincante y la exaltación del reconocimiento al adversario derrotado. Nada más hermoso que el abrazo del vencedor al vencido, nada tan humano como la mano extendida del ganador para apartar las lágrimas del rostro del derrotado. Pero en contraposición a la lógica más elemental, las instituciones argentinas creyeron oportuno estimular con la dirección del equipo nacional a quien durante décadas ha servido de titular a todos los periódicos del mundo por su adicción a las drogras y su prepotencia mítica. Creo en la rehabilitación del individuo, pero no me resulta correcto asignar para un puesto de tamaña responsabilidad y notoriedad, a quien no puedo poner de ejemplo hacia esa multitud de pequeños que hacen sus pininos en el complejo deporte del fútbol. Respeto la decisión de las instituciones argentinas, pero si el mítico Morocho del Abasto, el inigualable Carlos Gardel sacó con sus registros vocales y acordes de bandoneón, el tango de los arrabales hasta llevarlo a los salones parisinos, Diego Armando Maradona ha llevado con él una prepotencia e irrespeto hacia sus rivales, que es más notoria su grosería que sus habilidades como técnico. En mi modesta opinión tomaron una decisión irrresponsable que les pasará factura a corto y mediano plazo, además del baño de buen fútbol que le sirvieron de cena los teutones. El once germánico jugo virtualmente solo, la albiceleste más desarticulada que hemos visto en muchos años tan sólo atinó a defenderse de los potentes nórdicos, que cabalgaban sobre el césped con la seguridad de que las valkirias estarían dispuestas a recoger sus cuerpos para la batalla del Ragnarök. Los goles fueron cayendo cual mazazos sobre el seleccionador bonaerense, que se fue literalmente encogiendo en el banquillo. Al concluir la espectacular pateadura de los nórdicos, se ensalzó en un intercambio de improperios con algunos hinchas alemanes, para reafirmar una vez más su incapacidad para representar la selección de su país, pobre Argentina.
    Como cubano, es lógico esperar mi desaprobación a quien lleva tatuadas imágenes del Che Guevara y Fidel Castro sobre su piel, ni siquiera su reiterada adicción a la cocaína me permite perdonar a quien besa con fervor las manos que han ceñido una tiranía de cinco décadas sobre mi país, aun cuando comprendo los avatares de una personalidad psicopática, que dió tres veces positivo de dopaje a lo largo de su carrera deportiva y que todo el fervor de su hinchada no puede ocultar.
    Ahora humillado y ridiculizado regresa a su Buenos Aires querido, pero esta vez Hefestos no entendió su plegaria y no hubo manita de Dios, en su fundición del más allá, el dios griego forjó una bota germana que se llevó a su salida del estadio sudafricano, clavada en la porción más inferior de la columna vertebral.
    Adiós, Pelusa.

    Quinqué

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